jueves, 30 de agosto de 2012

Cementerio de Colón

Más allá de la tristeza inevitable que despierta una necrópolis, la de Colón en La Habana provoca admiración. En sus 57 hectáreas acumula un conjunto considerable de obras de arte en más de 50.000 mausoleos, capillas, panteones, galerías u osarios.

En 1854, el entonces gobernador español de Cuba, Marqués de la Pezuela, proyectó la construcción de una nueva necrópolis para La Habana, idea que no pudo ser llevada a cabo hasta 1870, cuando se dieron a conocer las bases de un concurso público para su construcción, ganado por el arquitecto Calixto Loira Cardoso.

La primera piedra se colocó el 30 de octubre de 1871 y las obras fueron concluidas el 2 de julio de 1886, con una primera ampliación en 1934. Su entrada es un regio pórtico, de 34 metros de largo y 21 de alto, obra del arquitecto español Calixto de Loira.

Años más tarde, en 1901, fue coronado con una escultura de mármol de Carrara, realizada por el cubano José Vilalta de Saavedra, que tituló Las Tres Virtudes teologales, fe, esperanza y caridad e incluye la inscripción Janua Sum Pacis, por lo cual el pórtico se conoce como Puerta de la Paz.

Las rejas de hierro, por su parte, fueron grabadas con tres letras C, en honor al gran navegante Cristóbal Colón, descubridor de la Isla y quien dijo que "es la tierra mas hermosa que ojos humanos vieron". Resulta una ironía que el cementerio dedicado al gran Almirante, lleno de famosas esculturas, carece de una por la que se le dio su nombre.


Al traspasar la gigantesca portada aparece la necrópolis, pensada y construida de forma rectangular como un campamento romano, con aceras, calles y calzadas enumeradas. La avenida central, entre la capilla y el pórtico, fue bautizada, naturalmente, Cristóbal Colón.


La Avenida Colón está siendo cuidadosamente restaurada. Posee a ambos lados algunos de esos monumentos y esculturas que lo enaltecen. La primera de todas, una magnífica réplica de La Pietá, de Miguel Ángel, de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano.

Se encuentra en el centro del Panteón de don Miguel González de Mendoza y Pedroso, un ilustre personaje nacido en La Habana a mediados del siglo XIX, en el seno de una familia influyente.



La grandeza de la necrópolis no se circunscribe a sus tesoros en mármoles, bronce y vitrales, también a la historia de personas que allí han sido sepultadas. Aquí descansan Leonor Pérez y Mariano Martí, padres del Apóstol por la independencia, José Martí; el dominicano Generalísimo Máximo Gómez, que luchó en las dos guerras independentistas en el siglo XIX y, entre las figuras cimeras de la intelectualidad cubana, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Gonzalo Roig; Ignacio y María Cervantes, Eliseo Diego, René Portocarrero; Juan Marinello; José Antonio Portuondo, Hubert de Blanck; Amelia Peláez.


También está el conjunto escultórico dedicado a un grupo de bomberos muertos trágicamente en 1890 en acto de servicio en el fuego en la Ferretería Isasi, una obra funeraria de unos diez metros de alto realizada por el escultor español Agustín Querol Subirats.

El panteón de los bomberos está coronado por un ángel con un bombero muerto en brazos. Este ángel descansa en un pedestal de varios metros de altura, desde donde aparecen escudos y armas de los bomberos, y cuatro colosales esculturas. Aspecto relevante del monumento es el hecho de que representa a los fallecidos con sus verdaderos rostros.

Al final de la Avenida Colón está la capilla, de forma octagonal. En la pared del altar está pintada una alegoría sobre el Juicio Final, del maestro José Melero, primer director de la Academia de Artes de San Alejandro.

Otras curiosidades pueden ser una losa tallada con una ficha del dominó, el Doble Tres, porque una anciana fanática de este juego perdió con esa ficha en la mano, o una pirámide egipcia, templos románicos y griegos, y castillos medievales.

La fama de la Necrópolis de Colón, por sus numerosos monumentos funerarios, su arquitectura, sus majestuosas esculturas, sus decoraciones art déco y art noveau, todos de altísimo valor artístico, es sitio imprescindible de todo turista que visite la ciudad. Ellos tendrán una respetuosa mirada para este parque funerario, museo al aire libre, ciertamente, pero camposanto para los habaneros.


La tumba más visitada es la de Amelia Goire, una dama de la alta sociedad habanera, conocida ahora como La Milagrosa. La joven de 23 años falleció en el momento del parto y su hija también. Fue enterrada con la niña a sus pies. Cuenta la leyenda que cuando la tumba se abrió un tiempo después, la niña estaba en sus brazos y su desesperado esposo José Vicente Adot, regresaba cada tarde al cementerio y la llamaba tocando en las aldabas de bronce. Lo hizo hasta su muerte, 17 años después. Se ha convertido en mito y centro de peregrinación.

3 comentarios:

alvaro Locx dijo...

La Habana maravillosa.

Stultifer dijo...

ALVARO
Mi próximo viaje a la Habana tiene como misión visitar este cementerio.

arteparalagaleria dijo...

Cómo he podido perdérmelo. No voy a tener mas remedio que volver a la Habana.