jueves, 14 de agosto de 2008

Cuevas

Hay cuevas en el mundo, como esta de Thaipusam, a las que se accede a través de más de un centenar de escalones, para luego bajarlos en el interior de la tierra.

Otras, como la Cueva del Tesoro, en Málaga, están como si de una piscina se tratara. Piscina nehardentalensi, se supone, pero con sus barandillas de aluminio.

Sin embargo la Cueva de Artá tiene escaleras de subida y entrada también por abajo. El que quiere sube y el que no, pues fotografía a los que lo hacen.

La Cueva de Hércules, en Tánger, es cueva pura y dura. Abajo, en los sótanos terrestres.
¿Conoces alguna cueva que no sea la de Alí Ba-bá y los 40 Principales?

El blog del día: Et ego in Arcadia

miércoles, 13 de agosto de 2008

¿Susto o muerte?

Imágenes enviadas por Jaime Noguera

La momia

Los ojos de la momia

Nosferatu

Psicosis


El hombre lobo


Drácula

Para aquellos que no hayan visto alguna de estas películas, sólo puedo decir que son del género de terror, que los malos son malos y asustan, y que algunos mueren (buenos y malos). No puedo contar más para no destripar los finales.

Hoy no hay pregunta. ¿Tienes alguna respuesta?

martes, 12 de agosto de 2008

El pueblo de las esculturas

Genalguacil. Málaga

En cada rincón, en cada esquina, en cada tejado, en cada calle o plazoleta. Las esculturas de Genalguacil conviven con los vecinos. ¿Cómo? Se organizan unos encuentros de arte, los autores van invitados durante dos semanas, planifican su proyecto, lo elaboran y lo dejan instalado para siempre en la localidad.

Y allí maullan unos gatos que invaden tejados, unos burros que dan agua para que otros burros beban, infinidad de totems flanquean las calles... y lo que no está en la calle, al museo, que también hay uno.

Y para compararlo con algún otro pueblo conocido, el nombre sería Xefxauen, al norte de Marruecos, pero esta vez con las paredes blancas.

Y flores, flores, flores en cada calle. ¿Viajas?

El blog del día: Letras de flamenco

lunes, 11 de agosto de 2008

Y si no hay, las ponemos

Me cuenta mi amigo Sergio que se está preparando para obtener una plaza en el Real Cuerpo de Bomberos. Yo pensaba que para ser bombero, con tener un cuerpo de escándalo ya valía, pero parece que son necesarios algunos conocimientos en la materia. Que si hay ejercicios, que si hay que subir y bajar (para nada, digo yo) escaleras que han puesto donde no hacían falta...

... y que si no hay fuego, se lo inventan. Son estas profesiones complicadas para mentes muy abiertas.
Pero mientras tanto, y para ir avanzando, mi amigo Sergio se pasa las tardes en un parque acuático donde (sigo sin entenderlo), sube escaleras veces y veces como un loco.

¿Cuántas veces hacemos cosas que para los demás no tienen ningún sentido? Yo muchas.

El blog del día: Collige rosas

domingo, 10 de agosto de 2008

Hágalo usted mismo

Imágenes enviadas por El príncipe que no sabía jugar

Siguiendo las instrucciones del montaje resulta relativamente sencillo acoplar los escalones de una escalera. Había un anuncio en televisión que decía: "Con estas manitas y mis abalorios, hago construcciones con las que deslumbro a los maromos". Bueno, no era así exactamente, pero similar.
Unos hierros de andamiaje, unos tornillos, su poquito de mármol y una escoba para recoger lo sobrante y arrojarlo al cubo verde, que también se incluye en el paquete que te envían.

Y en un pis pas ves cómo deambulan personajes con zapas plateadas (¿a qué me sonará eso...?), en escaleras plateadas y con estructuras piramidales plateadas. Lo que no inventen...

El blog del día: GMAN full

sábado, 9 de agosto de 2008

Ellos bajan solos

La ciudad queda vacía a su paso, son los ángeles diurnos que marcan el amanecer. Viajan y bajan solos trasmutándose en almas perdidas, visiones distorsionadas. La ausencia de ruido, la elegancia de las formas, la suavidad de sus contornos. La tentación de acompañarles es fuerte. Está prohibido.

Jamás un humano se atrevió a levantar la mirada a su paso; daban la espalda, cerraban los ojos, se ocultaban bajos sus propios ropajes. El miedo a ser descubiertos era paralizante.

Las ventanas se cierran a su paso: contrafuertes, vidrios ahumados, protectores de madera, visillos, cortinas. No debe entrar la luz a su paso. Luz cegadora que quema el espíritu.

Los solitarios tienen como única compañía la sombra que proyectan en un muro infranqueable.

Fotografías de David Huncheringer

El blog del día: La recopilación

viernes, 8 de agosto de 2008

La habitación 126

Tanto viaje merece un descanso. Las últimas noches han sido algo agotadoras, más bien por la incomodidad de los lugares de descanso y no por las diversiones que han acontecido en los mismos. Es que no se puede tener todo. Hoy: Madrid. Mi llave es la 126. Primer piso, sin ascensor.

Además del Ritz, donde hay unos desayunos que quitan el hipo y el hambre, o del Palace, similar al anterior, pura competencia de estrellas, tengo entre mis preferidos este hotel con encanto lleno de historias y aventuras. Lo que más me gusta es el nudo de pasadizos secretos que facilitan el trasiego de clientes entre ellas. Desde mi habitación, la 126, a través del armario, se accede a una escalera que conduce a otra habitación secreta en la planta superior del edificio. Lo que hay en ella queda para vuestra imaginación.


La Posada del Peine.
De nombre le venía a Juan Posada cuando en 1610 adquirió una casa en la antigua calle del Vicario Viejo, hoy llamada del Marqués Viudo de Pontejos, en Madrid, para dar alojamiento a los huéspedes y forasteros que llegaban a la Corte. Dos siglos después el negocio continuaba y sus nuevos dueños, los hermanos Espinos, lo ampliaron con la casa contigua que daba a la calle de Postas.
La posada contaría a partir de entonces con unas 150 habitaciones, distribuidas por varias plantas del inmueble, y clasificadas con orden al poder adquisitivo de los inquilinos. Así, las habitaciones que daban a la calle eran más espaciosas, cómodas y ventiladas que las del interior, de dimensiones notablemente más pequeñas, carentes de luz natural y ventilación, y normalmente ocupadas por más de un inquilino.
El nombre de la Posada se debe al peine que, como cortesía para los clientes, se colgaba atado con una cuerda al lavamanos de cada habitación. Lo de la cuerda lógicamente se hacía para evitar su robo, algo que hoy puede resultarnos chocante, pero no lo es tanto si pensamos en las toallas, y en otros muchos objetos que pueblan las casas de algunos turistas.
En los años de esplendor el hotel ganó terreno ya que se anexionó casas contiguas, y también creció en altura, pero bien entrado el siglo XX las vacas flacas aparecieron, al empezar a demandar la gente otro tipo de comodidades. En 1970 la Posada echó el cierre, y hubo que esperar hasta el 2005 para ver de nuevo sus puertas abiertas.
Así, tras una severa restauración, sobre todo interior, el local retomó su andadura con el rimbonbante nombre de Petit Palace Posada del Peine, un hotel de cuatro estrellas en el que el detalle del peine ha dado el relevo a duchas de hidromasaje, televisores de pantalla plana, acceso gratuito a Internet, y todas aquellas comodidades que a Juan Posada hace 400 años le habrían parecido fantasmales.

El blog del día: Madrid, foto a foto